A propósito de la generación escondida de Leonardo Padura

Publicado: 5 enero, 2011 en Cuba
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El fenómeno generacional de la Cuba de hoy es un hecho comentado y avocado en guaguas, panaderías, bodegas, centros laborales y escolares, en fin, en cada cuadra y rincón de este país. Un fenómeno que demuestra la vigencia de este tema en nuestros días, pero más aún, es aquello que expresa esa preocupación que apunta  hacia el futuro que se nos avecina.

Polémico, sin lugar a dudas,  y creador de diferentes espacios de debate y reflexión, es la clave de la que se ha apropiado esta vez la  ya asidua articulista y colaboradora de nuestro blog Rosa Rodríguez Cubela, quien por cierto, para esta ocasión llega de la mano del reconocido escritor cubano Leonardo Padura.

Tratando de poner suave y de manera sagaz una vez más el dedo sobre la llaga, y sabiendo poder despertar tanto el interés de los seguidores como la ira de los detractores, ponemos a disposición de nuestros lectores lo que personalmente considero un interesante punto de vista de una cubana de a pie sobre el tema en cuestión, pero no revelo más, prefiero sean ustedes mismos los protagosistas de esta historia.

Carlos Alberto Pérez Benítez

“La Chiringa”, desde La Habana

A propósito de la generación escondida de Leonardo Padura

Por Rosa Rodríguez Cubela (Especial para La Chiringa)

Varias veces he recurrido al término de “mi generación”, en ocasiones hablando sobre la diáspora o de la generación perdida, términos que escuché utilizar en el programa “El triángulo de la confianza” del canal 27. Si una vez me preguntaba ¿cuál era mi generación? Publicado en el amigo blog El Taburete, ciertamente ahora sé que es ésta, redefinida para mí por el escritor Leonardo Padura, quien sin pelos en la lengua ha tratado el tema de la sociedad cubana desde la marginalidad y la corrupción hasta lo histórico y documental.

En mi generación, desde niños llenamos bolsitas de café para El cordón de La Habana, escribimos cartas a los macheteros animándoles por la zafra de los 10 millones, (lloramos cuando no se cumplió), también lloramos por la muerte del Ché, por la de Van-Troi, y por la linda vietnamita de la sonrisa de la victoria. Nos hicimos maestros sin querer, y dimos el paso al frente junto al Destacamento pedagógico Manuel Ascunce, cuando decir que no era entregar el carnet de militante de la juventud y con tal vergüenza, no se podía vivir.

Nuestra generación apenas tuvo roce con extranjeros, (porque posiblemente eran agentes de la CIA), al menos eso me decían en mi casa, tampoco tuvimos correspondencia con familiares emigrados al extranjero, nunca nos bautizamos ni bautizamos a nadie, escondimos las estampas de los santos debajo del colchón, y sacar un pasaporte era sinónimo de no entrar a la universidad, que solo era para los Revolucionarios. También la música en inglés fue censurada, y tuvimos miedo cuando un familiar iba a cumplir misión, (porque no era para traernos nada ni para mandar postales), sino que muchas veces hasta desconocíamos por meses su paradero y en silencio solo pedíamos que regresaran vivos, aún mutilados; esos fueron aquellos valientes que hoy caben en la “calamina de una medalla”, como dijera el cantautor cubano Frank Delgado en una de sus canciones. ¡Cuantos de mis compañeros muy jóvenes en edad de servicio militar fueron a cumplir la misión que la Patria les encomendó!

No hay resentimientos. Un amigo muy joven me dijo un día que su generación (entre los 25 y 35) era mejor que la nuestra, pues nosotros aceptamos todo y ellos quieren la Revolución con sus defectos. Nosotros la veíamos sin defectos, la razón no nos asistía. Cuando el “Proceso de Rectificación de Errores” creíamos que todo sería mejor, pero como dice Padura, nuestro ascenso profesional se frustró y entre muchas cosas vi una especialista en medicina vendiendo caramelos en la Playa de Baracoa después de su jornada laboral. Justificaciones. La famosa parodia de la pirámide social invertida. Pero… ¿Quién la invirtió?

Lo cierto es que mi generación vivió pocos años del florecimiento económico amparado por el campo socialista, y sí, nos hicimos profesionales, pero sin embargo hoy por ejemplo ando buscando dónde trabajar porque he quedado disponible y mi alargada jubilación aún no acaba de llegar. Sé que no voy a viajar nunca y que quizás ni publique uno de los tantos proyectos que tengo, lo que me hace pensar que se nos van quedando las fuerzas por el camino y aún hay queda un buen trecho por seguir. No hay que buscar culpables, yo soy de las que se quedó, la que tengo mis hijos en Cuba y no quiere para ellos ningún otro lugar del mundo, ni ellos tampoco. Solo deseo que puedan expandir sus alas y lograr sus sueños, trabajar en lo que estudian, y que no tengan que depender de nadie ni de remesas familiares para poder vivir. Eso también lo quiero para toda la juventud cubana, que no sabe cómo encaminar su vida y que muchas veces hasta nosotros, los encargados de guiarlos, nos quedamos sin respuestas.

Lo dramático es que persisten los molinos y muchas veces se hace difícil tirar por tierra a los gigantes. Pero hay que levantar a esta generación y preñarla de sueños, sacarla del escepticismo en que se encuentra, darle optimismo, pero no con consignas de frases hechas y repetitivas. Debemos lograr que nuestros jóvenes no se queden sin rostro ni se conviertan en los escondidos, cosa que pongo en duda, porque son mucho más intransigentes que lo que fuimos  nosotros, y está bien por ellos.

El futuro luminoso ahora, les toca, y parafraseando a Padura, por esta vez no se van a encandilar. Ese futuro tienen que comenzar a construirlo ya, o de lo contrario, les pasará lo mismo.

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