Por Mario Roberto Morales

Los días que estuve en Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas, tuve el gusto de volver a ver a amigos como Jorge Fornet, Roberto Fernández Retamar y Margaret Randall. A Fornet lo conocí hace un par de años en Seúl, pero a Retamar no lo veía desde los años ochenta en Nicaragua, y a Margaret tampoco, desde 1990, cuando compartimos unos días juntos en el Naropa Institute, en Boulder, Colorado, junto a Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Anne Waldman, Carmen Naranjo, Gioconda Belli y otros escritores.

Aquella vez, Margaret me hizo una fotografía que luego me envió por correo. Ahora, me hizo otra, con su camarita “digital”, y yo la descargué de su sitio electrónico. Pero lo más interesante de mi estadía en Cuba, a donde no iba desde 1986, fue que hice nuevos amigos como, entre muchos otros, Ambrosio Fornet, Silvia Gil, Nancy Morejón, Lilliam de la Fuente, Yamil Díaz, Ricardo Alberto Pérez y el ganador en la rama de Cuento, cuyo libro me cabe la satisfacción de haber propuesto al jurado para que fuera premiado: Everio Medina, un guajiro (como se llama él mismo) del municipio de Mayarí en la Provincia de Oriente. Se rumorea que en Cuba la palabra guajiro viene de war hero, pues así les llamaban los gringos a ciertos combatientes independentistas. Cierto o no, esta condición la tienen de sobra ganada aquellos combatientes, tal como la tienen los veteranos de Angola y de otras guerras de liberación nacional.

En la inauguración del Premio, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, ofreció una interesante conferencia sobre el proyecto político boliviano actual, que fue aplaudida de pie por la concurrencia. Pocos días después, se presentó el libro de mi buen amigo Stefano Varese, La sal de los cerros y la redición de Los Ríos profundos, de José María Arguedas, a cuya memoria estuvo dedicada la edición del Premio CASA este año.

Fue un gran gusto conocer, asimismo, al embajador de Guatemala en Cuba, doctor Estuardo Meneses Coronado, quien tuvo la gentileza de llevarme al Parque República de Guatemala, un hermoso espacio urbano de solaz en donde un mural alegórico de la historia de nuestro país sirve de fondo a los bustos de Rafael Álvarez Ovalle, autor de la música de nuestro Himno Nacional, y del poeta cubano José Joaquín Palma, autor de la letra del mismo, mientras innumerables transeúntes lo atraviesan a diario, en especial niños con sus uniformes escolares y sus pañuelos rojos al cuello.

Una de las cosas que más me impresionaron fue atestiguar la dimensión del trabajo de restauración de La Habana Vieja y el increíble flujo de turistas europeos y sudamericanos que satura sus calles, en especial la calle Obispo, desde El Floridita hasta la Plaza Céspedes, habiendo pasado –cruzando a la izquierda– por la Catedral. Sin ánimo de justificar los problemas económicos de la Isla, hay que decir que es una gran suerte que “el progreso” no haya convertido al Centro Histórico de La Habana en el triste adefesio en que este “adelanto” sumió al Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala, porque ahora La Habana resurge como originalmente era y no como un “parque temático” al estilo de La Antigua o del viejo centro de nuestra capital, en donde los “emprendedores” de siempre compran inmuebles para convertir los espacios públicos en templos de mercachifles.
Se sabe que Cuba está al borde de radicales cambios económicos, políticos y sociales. Y muchos se preguntan: ¿qué pasará cuando millones de turistas gringos comprueben que los cubanos no muerden? ‘Surprise…!’
Fuente: El Periódico de Guatemala

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