Crónicas: Salida de Cuba y llegada a Puerto Rico

Publicado: 18 marzo, 2011 en Cuba
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Foto: kaloian, de la serie "Cincuenta veces Cuba", tomada de CubaDebate

Por Marcos Jesús Concepción Albalá, CRONICAS… ARGOS: MARZO 6 DE 2011…

Salimos de La Habana, Cuba, en la compañía aérea española ‘Iberia’, con destino a San José de Costa Rica. Haríamos escala en Managua, Nicaragua, el día 27 de Mayo de 1985. Íbamos mi entonces esposa, Caridad Mendoza Crespo, con nuestro hijo Marcos Jr., de cinco años de edad.

En el Aeropuerto de La Habana nos despidieron dos Compañeros, Rosado y Sánchez Lima (EPD). Rosado nos llevó hasta la escalerilla del avión. Los dos fueron muy atentos y nos desearon buen viaje. A la despedida no acudió ningún familiar, así lo habíamos decidido.

Aquel avión despegó del Aeropuerto Internacional ‘José Martí’ en horas de la mañana. Mantengo colgada en mi mente la foto de los verdes cañaverales y de la tierra roja que pude ver en pleno vuelo, saliendo de la Isla. Llegamos a San José, Costa Rica, como a las 2 de la tarde. Nos recibieron dos sobrinos, y fuimos directo a un apartamento que rentamos en un lugar que se conoce por ‘Sabana Sur’; hermoso lugar, con una vegetación casi perfecta.

San José me impresionó, por el solo hecho de ver a casi todos los ‘ticos’ caminando por las aceras con un paraguas (sombrillas) en la mano, eso me llamó mucho la atención. Por aquellos días de nuestro tránsito para Estados Unidos llovía irremediablemente y, por supuesto, sentimos, para no olvidarlos, varios pequeños movimientos de tierra que nos llenaron de pánico.

El 17 de julio de 1985 hicimos entrada al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de Miami. Nos recibió Agustín Rivero, enviado por un amigo común, Carlos Berenguer Torralba. Estando en ‘fila’ para llegar a la ventanilla de Inmigración, se me acercó una joven y me preguntó, ‘¿Usted es Marcos Jesús Concepción Albala?’, le contesté que sí y me pidió que la acompañara. Entonces quedé sorprendido, no temeroso, porque nada tenía que temer.

Me llevó a un salón, luego a una oficina, donde dos ‘Oficiales de Inmigración’ me hicieron preguntas de rigor. Digo rigor, porque eran las mismas que me hicieron durante mis trámites de entrada como Residente Permanente a EEUU, reclamado bajo la prerrogativa de reunificación familiar por mi madre que vivía fuera de Cuba desde los años 60´s.

En Miami estuvimos una semana, más o menos. Nuestro anfitrión, Carlitos y su esposa Alexys Berenguer, nos “secuestraron” en su apartamento de Miami Beach para que conociéramos la ciudad.

Para muchos cubanos, la Ciudad de Miami es la terminal del final del viaje… es una especie de imán… en Miami no existe un hogar en el que no se comente sobre Cuba, y el nombre que más se pronuncia es el de Fidel, ya sea a favor o en contra, con un gran denominador común, la nostalgia. Y a este rollo le agregamos que es lo más cerca que mentalmente para nosotros existe de Cuba. Pero en Miami, se habla más de Cuba y de Fidel, que de los cubanos que viven en la Isla.

Por fin, llegamos a San Juan, Puerto Rico. Linda isla… La Isla del Encanto… Borinquén la bella… Así se le conoce en cualquier parte del mundo y sus diferentes sobrenombres le hacen honor. La belleza de su gente, su linda forma de expresarse, y algo para registrar en el Libro de Records Guines, por supuesto nuevo para mí, el pueblo puertorriqueño le celebra los cumpleaños a sus héroes nacionales, pero también a los de EE.UU. Es decir, esos cumpleaños se convierten en una fiesta nacional, días feriados en que no se trabaja y son muchísimos los cumpleaños. En las navidades, inventaron las ‘octavitas’; cuando los pueblos Católicos cierran sus festejos navideños el día 6 de enero, en Puerto Rico lo extienden siete días más. Así es Puerto Rico. Así es su gente.

Nos recibió mi mamá acompañada por una amiga. Del aeropuerto, fuimos directo para la joyería. Mi padrastro y mi mamá eran dueños de joyerías. A mi esposa la llevaron para la relojería y a mí para la joyería de la Calle Fortaleza Nro. 303, del Viejo San Juan.

Es a partir de aquí donde empieza mi rara historia… mis sentimientos encontrados…

Mi primera, y desagradable impresión, fue cuando entré con mi madre a la Joyería y conocí a sus empleados, entre ellos, incluso, dos familiares de mi padrastro. Mi madre, con voz de militar, ordenó cerrar el local para una reunión, y sin términos medios, les informó a los empleados, sin contar conmigo, y sin antes darme una explicación sobre mi nombramiento, que a partir de ese instante yo era el Administrador y dirigiéndose a mí, apuntándome con su dedo, me hizo saber que el que no cumpliera con sus labores, que lo despidiera. Faltaban unas 3 horas, más o menos, para que se cumpliera ese día el horario laboral. Para mí, había algo raro en el ambiente, porque todos siguieron sus labores como si no hubiera sucedido nada, o sea, parecía ser que ese trato era normal y nada los conmovía.

Las amenazas de mi madre, y mi nombramiento por decreto como Administrador de la Joyería, para los presentes fue una especie de rutina, reglas del sistema capitalista, a lo que yo no estaba acostumbrado, porque no es lo mismo conocerlo en los libros, que vivir su realidad. Era la confirmación de una actitud que yo conocía por referencias de otros y no por vivencias propias: ‘yo hago lo que me da la gana porque soy la dueña y nadie puede protestar aquí… y el que no esté de acuerdo que recoja y se vaya’.

Así de fácil…

Todo me pareció extraño, fuera de mí existía algo que me decía, ‘Marcos, metiste la pata’.
Mi labor como Administrador de la Joyería en tres años, y que en la vida real jamás ejercí, no caló mis neuronas. Hoy todavía no sé lo que es vender una cadena de oro o un reloj cualquiera. Mis tres años en Puerto Rico fueron un infierno en mi seno familiar y estoy seguro que no ocasionados intencionalmente por mi mamá, porque sé que nos adora y ama a toda la familia por igual porque siempre lo ha demostrado. Mi madre es una mujer excepcional y nosotros la amamos infinitamente, pero existían barreras por los cuatro costados, es decir, existía un bache, no sólo generacional, sino en todos los órdenes. No nos entendíamos en ningún terreno, ni con mi padrastro ni con mi propia madre y estoy seguro, que tanto mi padrastro como mi madre, no deseaban nada malo para mí… El problema no eran ellos, sino yo.

Fuimos a vivir para la casa de ambos. Una casa amplia. Nos facilitaron una especie de doble habitación en la terraza, muy confortable para nosotros tres. Nos sobraban las comodidades. Como casi siempre expresa un viejo amigo mío jocosamente, teníamos garantizado ‘jaula, alpiste y revolcadero’.

¿Podrán imaginarse los que me están leyendo lo que significó para mi mamá la llegada de nosotros a Puerto Rico?

Cada noche que nos sentábamos en la terraza de la casa para ver la televisión, los temas eran los mismos ‘este es el último año que le queda al comunismo en Cuba’, ‘Fidel se está muriendo, pero no lo dicen’, ‘Fidel está muerto, es un doble el que habla en la televisión’, ‘la gente en Cuba está al borde la muerte’, etc. Y por supuesto, mi mamá, como buena esposa de una época en extinción, confirmaba todo lo que decía mi padrastro.

Por ejemplo, mi padrastro estuvo preso en Cuba por derretir monedas de oro para construir unas prendas conocidas como ‘esclavas’, pero su versión distaba mucho de la realidad. Según él su causa fue por conspirar contra el Gobierno cubano, o sea, él no fue un preso común, sino un ‘ex preso político’. Y para mi asombro, conociendo yo su historial, decía (y su ‘equipo’ de amigos lo confirmaba, porque eran tan mentirosos como él) que había sido ex capitán del Ejército rebelde por combatir contra la dictadura de Fulgencio Batista bajo las órdenes del Comandante Víctor Bordón, en las montañas del Escambray.

Por la casa de mi padrastro y mi mamá desfilaron la crema y nata de sus viejas amistades en Puerto Rico, todos con historias increíbles. Estos raros personajes fueron para mí lo más curioso que haya existido en mi vida, parecían una selección de un equipo de pelota, en que todos se concentraban en el ‘lanzador’ de turno, o una gran obra de teatro, en la cual los anfitriones éramos los espectadores, y en ocasiones, la situación se ponía tensa, porque no siempre aplaudíamos. Todos, sin excepción, y según ellos, fueron dueños de centrales azucareros, de grandes extensiones de tierra, de edificios de apartamentos, etc. Ninguno de los que visitaron la casa, a conocer a los recién llegados, fue pobre, o ni tan siquiera de la clase media en Cuba, todos fueron millonarios, incluyendo a mi padrastro que confirmaba haber dejo millones de pesos enterrados en una finca en Ciego de Ávila. Mi mamá en ocasiones, cuando las mentiras eran demasiado grandes, me hacia una pequeña seña para que no contrariara o desmintiera a mi padrastro delante de su ‘equipo’. Pero no siempre me quedé callado y esto me trajo por consecuencia la enfermedad inevitable de la demencia, o sea, la de casi volverme loco. Una gran tragedia, pero no tenía otras alternativas.

Nunca se me olvidará la comida de bienvenida que nos ofreció mi padrastro y mi mamá, y por supuesto, los invitados eran su selecto grupo de ‘ex millonarios y ex presos políticos’ cubanos, “expulsados por el Gobierno castrista”.

Mi mamá cocina muy sabroso… bueno, es mi mamá, qué voy a decir… pero sí, cocina todavía muy rico mi pobre mamá. Independientemente de que en su casa había una cocinera, Petra, de origen dominicano, humilde y muy buena, mi madre, en ocasiones especiales, como la cena de nuestra bienvenida, era la que cocinaba, vieja tradición de la familia cubana.

Con toda sinceridad, esta comida de bienvenida, no debió haberse realizado, ya les cuento. Les recuerdo que es la comida de bienvenida al hijo que rescataron de la ‘dictadura comunista cubana’… esto ténganlo en cuenta.

Armaron cuatro mesas en la terraza de la casa. Manteles, cubiertos y servilletas desechables, y sobre ello pusieron los calderos, con muy sabrosa comida. El menú fue inmejorable y variado, carne con papa, bistec de res encebollado, frijoles negros, arroz blanco, yuca con mojo, cerdo asado, plátano verde frito, ensaladas, cerveza, refrescos, etc. De todo. ¿Qué no había en esa mesa? Era la comida de bienvenida a quienes se salvaron de una muerte segura en Cuba.

Mi padrastro se sentó en la punta de la mesa con un tabaco en su boca y a mí me dieron un lugar en el centro de las cuatro mesas. Frente a mí sentaron a un señor, que según mi mamá, fue el cubano que más tiendas de ropa tuvo en Cuba. Cuando logramos sentarnos, mi pobre madre, se apoyó por detrás de mí, para agarrar el aza del caldero de carne de res encebollado, que con mucho esmero había colocado frente a mí, y a bucear dentro de él para pescar el bistec más grande, hasta que lo logró. El bistec no cabía en mi plato, pobre madre, ella sabe cuánto la quiero.

Cuando logré abrir una lata de refresco y tomarme el primer sorbo, mi padrastro desde la punta presidencial de la mesa me preguntó a cuatro voces, ¿‘dime Marquitos, qué te parece ese refresco’?, ‘eso si es un refresco, no la mierda que hacen en Cuba’. Expresado con alegría y acompañado de una poderosa humarada de tabaco con cerveza en mano, todos en la mesa rieron a carcajadas. Cuando logré llevarme el primer bocado de comida a la boca, mi padrastro repitió, más o menos lo mismo, pero en esta ocasión se refería al bistec encebollado que mi mamá había escogió para mí, y que, según mi padrastro, y el séquito de ‘ex millonarios’ invitados, tampoco un cubano en la Isla había visto en su vida… y así sucedió cada vez que yo hacía uso de algo nuevo en mi cena de bienvenida. Desde la ensalada o el uso de la servilleta, mi padrastro me recordaba que todo lo que ‘oliera’ a Cuba era ‘pura mierda’. Casi no comí. Muy triste, no por mí, sino por ellos.

Al que más tiendas de ropa tenía en Cuba y a mí nos separaba el poderoso caldero de bistec encebollado. Este señor desde que se sentó, se deleitaba con todo lo que decía mi padrastro desde la presidencia y, por supuesto, no dejaba de decirme las tonterías más ridículas que oídos humanos hayan escuchado, pero yo no le hacía caso. Mi mamá se dio cuenta de lo ignorado que yo tenía al ‘millonario’, y preocupada por lo que el señor pudiera comentar sobre mi mala educación, se me acercó al oído y me suplicó que atendiera al ‘millonario’ de las tiendas. Pobre mamá… pues bien, complací a mi mamá, pero en mala hora la complací. El señor siguió con el mismo tema… ‘los soviéticos le deben todo a los norteamericanos’… ‘los norteamericanos salvaron al pueblo alemán, al de Italia, bla, bla, bla,’… Hasta que lo increpé diciéndole que tenía la impresión que su explicación no se ajustaba a los hechos históricos tal y como ocurrieron, y que su notable incultura sobre esa época era de lamentar. Esto parece ser que lo incomodó, manifestándome que yo parecía ser comunista. Mi respuesta no se hizo esperar: ‘entonces usted me parece maricón’. La cena de bienvenida se jodió.

En el año 2005 mi padrastro y mi mamá vendieron su negocio por dificultades económicas en Puerto Rico y se retiraron. Hace 3 años mi madre vive en casa de mi hermana Normita aquí en Miami, y mi padrastro lleva dos años internado en un ‘Home de impedidos’. Mi padrastro es un ‘vegetal’ sobre una cama producto de varios ‘strock’. Mi madre se consume día a día de tristeza, visitando a diario a mi padrastro. La venta de su negocio, lejos de dejarle ganancias, fueron más bien deudas a pagar. Lo mismo ocurrió con la casa, de la que no recuperaron un centavo después de pagarle al banco por más de 30 años. Un mísero retiro le queda a mi mamá, y con el de mi padrastro no puede contar porque el ‘Home de impedidos’, donde espera sus últimos días, se lo retira directamente del Seguro Social.

Mi familia es pequeña. Mi hermana Normita y yo amamos y respetamos mucho a nuestra madre para no querer también a nuestro padrastro. Sabemos que no todo lo que dijo nuestro padrastro fue verdad. Solo una de sus pocas verdades merece eterno crédito, y es la que nos vale a nosotros, y fue que quiso mucho a nuestra madre. Y escribo quiso, porque ya él no sabe quién es él. Hoy mi padrastro, quizás en su inconsciencia, esté esperando la visita de sus amigos, todos ex presos políticos y ex millonarios cubanos, en su ‘Home de impedidos’.

Esta puede ser la vida, o pequeña historia, de cualquier cubano en la diáspora, que, naturalmente, seguirá extrañando inmensamente a Cuba.

 

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