La Chiringa de Cuba abre a sus lectores las puertas de “La esquina del invitado”

Publicado: 29 mayo, 2011 en La esquina del invitado
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Finalmente La Chiringa de Cuba abre sus puertas a “La esquina del invitado”, un espacio añorado por el editor de este blog desde hacía mucho tiempo y que gracias a talentosos amigos hoy por primera vez se echará en pleno vuelo.

En lo personal, no espero más de este nuevo espacio que lograr en alguna medida una nueva forma de comunicar, de ser portavoz, de descifrar los impensables talentos ocultos de muchísimos cubanos que hasta hoy carecen de oportunidades en los medios o de espacios para dar a conocer sus legítimas obras. Pretendo sea esta, sin temor a equivocarme, la oportunidad de publicación on line de todos aquellos que alguna vez han sido víctimas de la burocracia editorial, de la falta de influencias con determinado poder, de la carencia de recursos financieros para promover sus obras o sencillamente de la falta de esos recursos para sobornar a quien a coste de descubrir nuevos talentos, mancillan el arte y la cultura pertrechados tras la vana extorsión. Sean bienvenidas entonces a esta esquina, la expresión narrativa, la poesía, la pintura, la escultura, la música, el audiovisual, en fin, todas las manifestaciones artísticas que han quedado empolvadas en gavetas o en lugares inhóspitos donde lejos del olvido, aún pueden ser recuperados el virtuosismo y talento del cubano de a pie.

 Carlos Alberto Pérez Benítez

“La Chiringa de Cuba”

 Nota al lector: El que cuente con algún material o conozca a alguien que lo posea y desee que este sea publicado, puede escribir o enviar sus trabajos a chiringadecuba@gmail.com.¡Muchas Gracias!

 ((((Cuento))))

 Pino del agua o El nombre.

 -Esta es una historia inspirada en una experiencia real-

Por Rosa R. Cubela

Pino del agua, sí, sí eso mismo ¿qué dónde está? ¡qué sé yo!, lo único que te sé decir es que  bien lejos, y que no puedo desvincular las putas de ese lugar. Nunca nadie podrá imaginarse lo que eso significaba, de solo mencionar PI… ya le entraban a uno escalofríos y hasta cagalera te daba. Si por casualidad una de aquellas putas reivindicadas te llevaba ante un superior o superiora, mejor dicho, porque sola mirabas a una niña, y digo niña pero ya eran mujeres bien formaditas, te mandaban para la corte y de ahí a PI… Uno que estaba entrando en plena pubertad, pues tu sabes el alboroto, pero de eso nada, la beca era peor que una unidad militar. Por lo menos en las unidades militares no habían hembras, pero allí las veía pasar con sus kepis, sus pelos largos, sus medias hasta las rodillas, con sayas hasta las medias, bien planchadas y limpias, porque si una de las putas menos putas, que eran las maestras, por  supuesto reivindicadas, notaba una arruga, pues a la corte y de la corte a PI…no iba nada.

Continuar lectura en: La esquina del invitado

¿Ehhh? Pino del Agua, yo casi casi estuve pero libré, y mal está decirlo, porque no fue una jugada limpia aunque no me lo merecía, pero ahora con el tiempo me doy cuenta de que fue una mierda mía. Cobardía.  Se hablaba de que allí el trabajo era casi forzado y los que regresaban  no querían ni hablar por miedo a que los volvieran a mandar, así que hacían señas y a callar aunque la mayoría terminaba  fuera de la escuela. Se iban y les gritaban ¡rajao! ¡rajao!, pero que carajo, si mis padres me  hubiesen dado la oportunidad con gusto hubiese sido un rajao y no lo que soy ahora. Yo creo que algo tuvo que ver todo eso con la mariconería mía, porque sabes, a veces yo me siento tan hombre como cualquiera y sé cuando una decisión es de hombre y cuando no, pues en aquella época me gustaban las muchachas y había una trigueña pelilarga que me gustaba mucho mucho, y yo a ella. Creo que fue la única mujer que despertó en mí un sentimiento amoroso y sexual, la verdad que  sí,  porque con aquellos uniformes no se sabía si tenían tetas o no, pero su cara era linda, redonda, y de achinados ojos. Por los brazos no se veía muy flaca, pero yo me conformaba solo con la cara, una carita de china linda y buena que me hacía feliz. Me ilusionaba con ella y con sus manos. La veía pasar en la fila para ir al comedor mientras nosotros estábamos sentados al otro lado en  los jardines. Yo me acerqué una vez y le hice un guiño, y ella sonrió tímida como una niña buena, y en eso se acercó una de las reivindicadas y le preguntó de qué se reía. No pude escuchar lo que ella  dijo, pero vi a la fulana como escudriñaba el patio buscando la causa de su risa y  me volví como si conmigo no fuera.

Aún me pregunto, y tengo mucha rabia dentro, ¿a quién carajo se le ocurrió la idea de que unas putas y matronas tuvieran en sus manos la decisión infernal de Pino del Agua?

Ellas disponían del infierno. Ordenaban, mandaban, se hacían las limpias, venían el día del pase, que dicho sea de paso era una vez al mes cuando menos, a veces más, y las muy cabronas apuntaban con el dedo: ¡Esto está sucio! ¡Aquello desordenado! Y no decir nada porque ahí estaba el infierno en la punta de sus dedos. El trabajo forzado, el estigma del mal.  Quedábamos marcados para siempre, no importaba si se era hombre o mujer.

Por otra parte, las únicas degeneradas  no eran ellas. Estaban los padres que con la efervescencia revolucionaria encontraban muy bien todo lo que hacían y decían, y los cambios y los tratos y la muy buena enseñanza que nos daban. Sin darse cuenta, nuestra moral estaba  protegida por unas pobres mujeres que la Revolución había levantado del lodo para convertirlas en nuestras madres protectoras, todo confuso, pues por otro lado mi bisabuela, decía : si fueran por hambre y necesidad todas las mujeres de este tiempo hubieran sido putas. Para eso había que nacer y gustarle además, y llevaba razón en eso, el tiempo me lo demostró. Después aprendí que hay que gustarle ser puta a una mujer para serlo, la que no tiene vocación, ni siquiera fracasa, nunca empieza.

Me fui del camino, te cuento sobre la chinita linda y por qué yo creo que me volví maricón. En el grupo de las hembras tenía algunas primas. Unas habían venido del interior, eran como tres y había otra, la más aristocrática que llevaba tiempo aquí en La Habana, aunque sus raíces eran de tierra adentro. Con esa comemierda no pude contar, pero con las demás sí. El día que permitían visitas nos uníamos algunos familiares y entonces podíamos conversar, claro con mucha discreción. Antes no era como ahora, todo muy medido, pero pude saber que la chinita no tenía novio, eso era lo primero que se preguntaba, que era de la Habana y que estaba dispuesta a recibir una carta mía.  De esa forma nos hicimos novios por telepatía prácticamente, lo único que mediaba eran risas y papeles que tirábamos y recogíamos a escondidas, boberías de esas, jamás nos tocamos un dedo. En los pases su padre la recogía y yo nunca me enteré ni en qué lugar remoto podía quedar su casa, pero era feliz, ella era  mi único aliciente en aquel maldito lugar llamado Siboney, del que mis padres no querían sacarme, ni diciéndoles que me iba a matar, tirar delante de un carro, e incluso envenenar. Y ahí fue cuando mi padre me abofeteo y me dijo que si me iba a matar que me ahorcara, que el veneno era cosa de putas, y yo le respondí:! más putas son las de la escuela!  y lo que vino para encima de mí fue un infierno parecido al de Pino del Agua. Le prohibió a mi madre irme a ver los pocos domingos que se podía y llevarme algo de comida, que casi siempre era leche condensada quemada, que por cierto había que comérsela rápido pues las reivindicadas hacían requisa y si te la encontraban, a la corte sin pase o….ya sabes.

Una noche  se sintió algo fuera de lo normal en la parte de las hembras y hasta muy tarde estuvo la luz de sus casas encendidas. Se podía ver desde nuestros dormitorios pero no escuchábamos nada. Al día siguiente faltaban algunas en la fila  pero no había modo de saber que pasó con ellas. Pasaron los días y los comentarios crecieron, el rumor  como piedra que rueda iba levantando ruido y especulaciones. Se dijeron tantas cosas… que si habían niñas durmiendo juntas, que otras estaban con unos hombres de la calle,  que si a  una  le encontraron cartas sin firmar de un novio, que seguro era hasta contrarrevolucionario y quería hacer sabotaje o que ella le diera información, pues esas cartas tontas sin firmar tenían algún objetivo. Yo oí aquello y me estremecí. Si mi chinita no volvía a pasar en la fila al día siguiente, yo era el contrarrevolucionario, pues verdaderamente nunca firmé los pequeñas notas que  le tiraba al jardín por miedo a que una de ellas la cogiera y me descubriera. El caso es que mi pobre novia las guardaba igual que yo. Me volví a poner frío y el estómago se me juntó con las tripas. Si hacían requicia  en el dormitorio también encontrarían mis notas pequeñas y lindas. Esa fue la suerte, de lo lindas y pequeñas que eran, me dio gusto comérmelas.

De novio pasé a ser, sospechoso. Lo más raro del mundo, solo yo lo sabía. A nadie comentarle aquello que estaba pasando, y ni por la mente me pasó presentarme a salvar a la chinita. De todas formas, ella estaba condenada y yo no era un príncipe azul, aunque lo que si podía ser era que yo parara en “El Príncipe”, por contrarrevolucionario. Me callé, tuve mucho miedo por todo, te juro que en aquella época yo no sabía nada de los hombres ni si me gustaban o no. Eso era una cosa tan absurda que  no puedo saber si mi inclinación comenzó a raíz de este trauma o si estaba escondida y machucada dentro de mí esperando algo para salir, como la muerte de mi  padre en mi plena juventud, o la desaparición de mi chinita.

En el área de los varones también hubo requicia. Allí cogieron unas revistas de mujeres encueras que estaban en el baño y pagamos todos, incluso hasta los que se encontraban de pase, que cuando regresaron estaban sancionados y algunos condenados a Pino del agua, como aquel pobre muchacho que después un día vi de médico en un hospital y me contó, porque todavía yo disimulaba y parecía hombre, lo que pasó con la chinita. La mandaron al campo a trabajar y la cogió el guao, se hinchó tanto que se le reventó  la piel y por entre los dedos de las manos le corría la pus. Se puso muy mal y los cuidados no eran buenos. A escondidas unas de las compañeras le pasó un telegrama a los padres con una cocinera que se dolió de la pobre muchacha. Sus padres se la llevaron. Él me dijo que lo lógico era que se salvara, pero de que iba a quedar con marcas de eso estaba seguro. Yo le pregunté si en la carita aquella linda que tenía también había virulencia de aquella y me dijo que si, que estaba irreconocible. Pero lo peor de todo no era eso, sino que el famoso novio jamás fue a verla y ni siquiera le mandó una nota, por lo que se deducía cierto aquello de que era un contrarrevolucionario. Él pensaba que no, que era un cabrón hijo de puta que la dejó sola en aquello, y yo me decía para adentro si él sospechaba que era yo, pero luego dijo que las pocas hembras que habían allí tampoco conocían quién era el novio.  Una vez alguien dijo que ni ella sabía como se llamaba, así que ni aunque la mataran podía decirlo. Me despedí del médico con las falsas promesas de reunirnos un día y recordar viejos tiempos, mejor dicho, malos tiempos, convulsos, donde el tránsito a una sociedad mejor nos dejó lo amargo de la incomprensión, lo injusto y fiero de un proceso donde nos incluyeron a todos, menos a los que abandonaron el país. Los que nos quedamos hicimos Revolución, gritamos las consignas y nos creímos dueños de lo que no teníamos y nos dieron lo que tampoco era nuestro. Hicimos carrera y seguimos siendo parte de todo, jamás independientes, un engranaje sin fallas, perfecto…

¿Qué cómo se llamaba la única mujer de mi vida? No sé, ella tampoco me lo dijo.

                                                                                                    16/12/2006

comentarios
  1. Ivan dice:

    JAJAJAJAJA! Chirin, creo que yo tambien me voy a embullar y abrir un blog… JEJEJEJE!

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