La esquina del invitado: (((Cuento))): Alejandrina, la poza y yo.

Publicado: 14 julio, 2011 en La esquina del invitado
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(((Cuento)))

La esperamos
para pellizcarle con nuestras
bocas su cuerpo, porque se fue
un día dejándonos su única flor;
y dicen que hoy viene,
entre muchas y con muchas flores.
“LOS GUAYACONES”

  ALEJANDRINA, la poza y yo.

Por Emelicio Jacinto Vázquez Tamayo

 Yo estaba parado aquí mismo en esta piedra grande y vi como Alejandrina se me perdió entre aquella loma y la otra que es por donde se mete el río y por donde coge el camino que ella debió seguir. Pero ya debía ir lejos, porque bien sabía yo que ese caballo era veloz y  porque el miedo que ella llevaba en el pecho se le bajaba aprisa por todo el cuerpo hasta llegarle a las espuelas y que de ahí se le cruzaba para la panza del animal y enseguida se convertía en sangre y carrera.

 Ahora me alegro de estar sentado aquí en esta piedra que tiene la mitad dentro del agua, desde donde estoy mirando esos guayacones que se meten por entre el lino verde que parece irse siempre con el agua y está siempre en el mismo lugar. Y me alegro, porque quiero que se ahogue ese otro que está ahí debajo; porque ahora me da por pensar que entre mucha gente habría que repartir la culpa si algo malo le hubiera pasado a Alejandrina. Yo sé que parte de la culpa la tiene ese que está mojado y que tiene sus ojos puestos en los míos. Aunque de todas formas no hubiera tenido  mucho de qué arrepentirme, porque aquí los padres fueron muy malos, se las arreglaban  nada más con doblarles el forro del machete o con hacerles marcas de soga en todo el cuerpo a sus hijos, como le hacía el padre de Alejandrina, que la ponía  a bailar la suiza.

 Y después, la contra, era ir por aquel farallón que está más arriba del cafetal grande a buscar un haz de leña; porque allí hay mucho Carbonero y el Carbonero arde muy bien. Y si no, pasarse el día con  un cubo en la cabeza de la casa al río y del río a la casa, subiendo y bajando, subiendo y bajando.

Pero un día, un día su padre pagó bien cara la gracia, porque él, con la hebilla del cinto, sin querer o queriendo, le hizo una herida en la cara, que, por cierto, ahora se le ve muy bien la cicatriz, porque le atraviesa la ceja izquierda y le forma un arquito como si fuera una luna en cuarto menguante. Ella, entonces, le robó la hebilla y me la trajo. Me dijo que la cuidara, porque eso costaba caro y porque era muy vieja, más vieja que el padre de su padre. La hebilla es dorada y tiene un caballito blanco y brillante en el centro, parado en dos patas y haciendo así como un relincho.

Después sí que la cosa se puso mala, porque su padre la anduvo buscando para entrarle a machete y me buscó a mi también  para hacerme lo mismo, pero con más rabia todavía.

Lea el final en La esquina del invitado

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