Ciudadano modelo

Publicado: 9 agosto, 2011 en Cuba, Transporte público
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El tiempo parecía interminable a la espera de aquel ómnibus que no llegaba. Después de 45 minutos el fuerte sol ya castigaba a todos, y era casi utópico adivinar un trozo de sombra en el agujereado techo de aquella destruida “Parada”. Como espejismo en pleno desierto finalmente llegaba la ruta 9, cuyo rumbo pretendía alcanzar el municipio capitalino Playa. Al abrirse la puerta una estruendosa bulla a ritmo de reggaetón nos dio la “bienvenida”, y como instinto natural el chofer se incorporó a taponar con su mano izquierda la alcancía de recaudación, mientras con la derecha recogía altaneramente la colecta monetaria de cada pasajero. Sin vergüenza, y con mucho menos escrúpulos, advertimos como el individuo parado frente a todos desviaba a su bolsillo los pesos sólidos mientras a la garganta de la manipulada alcancía solo iban a parar las monedas de veinte y cinco centavos. ¡Nadie dijo nada!

La sorpresa de encontrar la guagua casi vacía me hizo avanzar con rapidez hacia el fondo, donde pretendía ocupar uno de los asientos vacíos. Mi paso acelerado y mi inocencia me impidieron calcular bien el terreno, así que casi llegando a mi objetivo…!kataplún! Caí doblado en pleno pasillo del bus, atrapado por mi pie derecho hundido a casi 20 pulgadas de profundidad, y abrumado en un total desconcierto. Una vez incorporado, trabajosamente logré sacar el pie sin lesiones ni daños por la maquinaria o la carretera, pues con algo de suerte el incidente tuvo lugar en la parte trasera y más elevada de esa sauna rodante. ¡No me lo podía creer!, un hueco tan peligroso en un trasporte público, y activamente en servicio. ¿Cómo es posible que semejante huraco haya pasado por inadvertido? ¿Quién responde ante tanta irresponsabilidad con el pueblo?

Según me cuenta mi padre, ex inspector de ómnibus urbanos de La Habana en los años 70, 80, e incluso en la conflictiva década del 90, el cuerpo de inspectores de aquel entonces hacía todo por garantizar la debida limpieza de las guaguas, el estricto cumplimiento de los horarios de circulación, y la salida de los carros de la terminal en su óptimo estado técnico. Hoy ese cuerpo de inspectores ya no existe y como todas las cosas que se deterioran por la falta de atención, el resultado final resulta catastrófico.

Minutos después, casi a la hora de bajarme, como si en perfecto guión para mortificar mi tarde estuviera escrito, una “parada de conveniencia” finalmente me hizo perder la paciencia. El chofer del ómnibus 5076 había decidido que ese era su horario de merienda, así que arbitrariamente decidió estacionar en pleno horario laboral frente a una cafetería mientras se disponía “a resolver su problema”. Así, y haciendo caso omiso a la reacción y reproches de muchos pasajeros, el chofe se aprestó a merendarse tranquilamente un pan con tortilla y un refresco, aperitivo al que después incorporó un café y un cigarrillo, el que por supuesto, terminó de fumar encima de la guagua.

Poco después de bajarme de aquella pesadilla llegué al Banco Metropolitano donde debería recoger mi nueva tarjeta magnética, pero el desolado panorama del lugar me advertía que algo andaba mal. Así fue. Eran las 3 y 35 y el horario de atención al público que rezaba en la puerta de la entidad bancaria (de 07:00 am a 03:30 pm) me dejaba claro que la inoportuna merienda de un chofer irresponsable había condenado mi tarde en un viaje al vacío. Fue ese el preciso momento que sentí enormes ganas de gritar a viva voz mis 50 verdades y cuanta rabia me corría por dentro, pero una vez más opté por la postura del ciudadano modelo, así que di la batalla por perdida una vez más. ¿Ciudadano modelo? Sí, ese que a pesar de tantos tropiezos en la Cuba de estos tiempos elige una y otra vez tragar en seco y pensar que habrá un mañana despojado de tanta burocracia, mentira e ineficiencia.

Por mi parte, yo sé que actué mal, pero me queda la infinita seguridad de que no muy lejos de mañana estaré viviendo un nuevo capítulo de esta larga serie que ya rebasa los 50 capítulos, y donde no me caben dudas tendré sobradas oportunidades para corregir mi postura. ¿Usted lo duda? Vivir para ver…

Carlos Alberto Pérez Benítez

“La Chiringa de Cuba”

comentarios
  1. Es curioso que el autor de este trabajo reflexivo lo deje inconcluso. Sí, inconcluso, porque el panorama que aporta en el mismo es el de la frustración que acompaña a los inconvenientes que son el tropiezo del personaje principal de la trama, sin que deje claro a dónde quiere llegar con esa narración, ficticia o real ?. El final no es el esperado para desentrañar su objetivo. Se queda a medias. No identifica la causa, sólo los efectos. Se queda en las ramas. Es una lástima porque presenta en su trabajo bastante soltura de la narrativa. Pero, aún más, es una narración, es un cuento, es un ensayo ?; qué es en realidad, que pretende ?.
    Por supuesto que imagino lo que piensa de todo lo narrado y que no ha escrito directamente. Me tomo el derecho de interpretarlo así para no desvalorizar totalmente el escrito y dejarlo vacío.

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