La emigración cubana: miradas III

Publicado: 13 octubre, 2011 en Economía, emigración
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ViajesCubaObama_250 Por Jorge Gómez Barata
La emigración cubana en Estados Unidos es un fenómeno objetivo de naturaleza económica, social y política cuya dinámica opera, no sólo por estímulos externos sino también por una lógica propia, en ciertos aspectos con una independencia relativa respecto a las legislaciones, las políticas e incluso a la voluntad de los gobiernos.
Emigración ─ se afirma ─ genera emigración. Esa circunstancia ratifica la certeza de la actitud del gobierno cubano al trabajar, junto a los emigrados por la normalización de las relaciones y los flujos migratorios y ordenar tales procesos sin intentar suprimirlos ni manipularlos. 
De los atributos mencionados, el carácter económico y social de la emigración son constantes mientras que su naturaleza política es un añadido circunstancial que puede modificarse y de hecho comenzó a atenuarse a partir de los diálogos de 1978 cuando, por medio de viajes y otros intercambios de naturaleza privada y oficial se inició la normalización de las relaciones entre la Nación y la Emigración, proceso que será irreversible cuando la administración norteamericana deje de utilizar la emigración como instrumento político contra la Revolución.
Al encuentro de la remoción de los ángulos políticos, vienen los procesos sociológicos ligados a los cambios en la de motivación de los inmigrantes, las diferencias en la composición social de las nuevas oleadas migratorias, así como la atenuación de los acentos políticos con que las nuevas generaciones perciben la realidad y ajustan sus comportamientos, fenómeno al que no son ajenas la Isla ni la emigración.

Las personas que emigran de Cuba por razones económicas y por las aspiraciones de reunificación familiar, no asumen actitudes hostiles hacía el país o la Revolución, no rompen con sus familias y en el extranjero no suelen sumarse automáticamente a la actividad anticubana. Los descendientes de cubanos nacidos en el extranjero, no necesariamente heredan los puntos de vista hostiles de sus mayores ni piensan en la Isla como un destino para sus vidas.
En la medida en que Cuba aplique legislaciones modernas y cesen las manipulaciones políticas norteamericanas y contrarrevolucionarias, la emigración asumirá una nueva dinámica, la Nación no tendrá necesidad de protegerse de algunos de sus hijos que se sumaron a fuerzas externas y comenzará un ciclo marcado por una relación normal e incluso fecunda que se anticipó en las reflexiones de los emigrados con las autoridades cubanas durante los Diálogos de 1978 y la Conferencia “la Nación y la Emigración”.
El proceso que condujo a aquel magnifico evento comenzó mucho antes cuando, entre los primeros exiliados de los años 59 y sesenta hubo quienes tomaron distancia de los elementos batistianos, no se vincularon a organizaciones contrarrevolucionarias ni endosaron la política norteamericana contra la Isla. A ellos se sumaron algunos que habían emigrado antes de la Revolución y permanecieron en Estados Unidos sin intervenir en la actividad anticubana, sino haciendo todo lo contrario.
Mencionar los nombres de aquellos compatriotas, además del riesgo de la exclusión involuntaria, tratándose de Miami y de alguien que escribe desde Cuba, entraña riesgos adicionales, no sólo por interpretaciones diversas, sino incluso por motivos de seguridad. El linchamiento social y político de algunos participantes en la Conferencia la Nación y la Emigración a su regreso a Miami, aconsejan prudencia.
Por sus propios caminos, sin otra ideología que un nacionalismo inmaculado, jóvenes sacados de Cuba siendo niños se agruparon en torno a la revista Areito y la Brigada Antonio Maceo y no sólo reivindicaron su derecho a dialogar con el gobierno de su país de origen, sino que con valor y determinación se fueron a La Habana donde encontraron la comprensión, el respaldo y el afecto de Fidel Castro, que sumó su autoridad y su talento al empeño normalizador que también es parte de la obra revolucionaria.
La crisis del socialismo real que recayó implacable sobre Cuba y la borrachera triunfalista de la contrarrevolución mieamense en los noventa, no fueron suficientes para cancelar el curso normalizador porque desde una madurez ciudadana y política, otras figuras e iniciativas se sumaron a los que en medio de difíciles circunstancias mantuvieron en alto las banderas del diálogo.
Ni siquiera las odiosas medidas adoptadas por Bush, que limitó viajes y contactos, han podido desalentar cursos que en los nuevos escenarios pudieran reverdecer.

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