Cuento: Rocío

Publicado: 14 octubre, 2011 en cuento, Literatura

Como ya se ha hecho costumbre en "La Chiringa de Cuba", además de reflexionar acerca de la realidad actual en Cuba también proponemos a nuestros lectores desde la "Esquina del invitado" un espacio para el disfrute de las obras de nuevos y talentosos artistas, poetas y escritores de la isla que por determinadas razones no han tienen acceso a los medios nacionales o a las Editoriales. En esta ocasión les ofrecemos un interesante cuento de Emelicio J. Vázquez Tamayo, un talentoso escritor y amigo que ha puesto a nuestra disposición su obra aún a la espera de su publicación. Agradeciendo este gesto una vez más y esperando sea de su agrado. Rocío.

Carlos Alberto Pérez Benítez
"La Chiringa de Cuba"

Rocío

Por Emelicio Jacinto Vázquez Tamayo, del libro aún inédito "Por esta leyenda de amor"

De afuera llegaban al cuarto los gruñidos del perro; del cuarto salía la conversación sobresaltada.
-    ¡Ay, viejo, el Armajedón! ¡Se acaba el mundo! Él: ¿Qué pasa ahí carajo? Ella recordándole lo de las malas palabras.
Después, como si uno de los dos  hubiera sacado en claro que mezclado con el estruendo, hubo también un grito de mujer, se dejó escuchar, tímida, la voz de Ofelia llamando a Rocío. Y acá, Rocío apretándose a mi cuerpo.
Afuera los gruñidos del perro. Del cuarto, la otra voz, la ronca. – ¡¡Rocío!! – Y acá Rocío apretándose más fuerte a mi cuerpo.
Pero al decir él – ¡Espérate que esa “se va”! – al tiempo que se oía el crujir del levantarse de la cama, fue cuando Rocío, en un abrir y cerrar de ojos organizó los recuerdos y encontró; entre las puertas de la sala, aquella que tenía, como bisagras, tres lenguas de zapatos viejos y, más que abrirla, la arrancamos.
Creo recordar que  nos tomamos de la mano y salimos. Ella delante, por el perro quien, claro, enseguida vino y la empezó a osliquiar; después se encargó de olfatearme a mí. Del interior de la casa nos llegaban ruidos y voces y la claridad de una luz que se escapaba por las rendijas, dando a entender que alguien se desplazaba del cuarto a la sala.
Al perro, que ladraba a rumbo, lo azuzamos contra nada y los tres nos sumergimos en la oscuridad de la noche.
Ya lejos, escuchábamos las voces llamando a Rocío y los silbidos procurando al perro, del cual, aunque oyeran sus ladridos, no podían sospechar que iba delante de nosotros ladrándole a nadie.

Gracias a los aguachales que bordeaban el camino, al fango, y sobre todo al croar de una infinita cantidad de ranas, enemigas inofensivas de casi todas las mujeres, pude sentir, no sin un poco de esfuerzo, el cuerpo de Rocío llevado entre mis brazos. Andando así, caí en la cuenta de que después del trabajo que me había costado ganar su conciencia, recibía al fin, como premio, su íntimo pensar y hasta el último cabello de su ser.
Y viéndola de esta manera, soportada por mis manos, acentuada su belleza por la tenue luz  de los astros celestiales, me abstuve de regañarla y preguntarle por qué no me había esperado en el patio, (sitio convenido) con lo que hubiéramos evitado todos los contratiempos que, sin lugar a dudas, habían comenzado desde el momento en que su padre encontró la razón para decir, no hagas bulla ni enciendas la luz, que si es él, va a salir de aquí como el perro que tumbó la olla; y ella recordándole que los castigos los aplicaba El Señor en su momento oportuno. Bueno… – le contestaba él a la vieja – más a mi favor, porque si se me va la mano y le doy un mal golpe y lo jodo, no habré sido yo; habrá sido una señal del Armajedón – si no es que lo de ese estruendo se trata realmente de una señal – pero si es ése y se me ha ido Rocío con él, que se prepare ella mañana; porque tal cosa si dice el Atalaya, que a los hijos se les debe pegar para que no se desvíen del camino que les indica El Señor.
Tan claro lo oía todo como que a cada momento me pasaban por al lado, imagino que arañando el aire con las manos, en mi busca, pues no fue para menos el alboroto que había yo provocado en la casa después de haber evitado las sospechas del perro y colarme por la ventana. Que si no hubiera sido porque el orinal estaba en donde mismo cayeron mis botas conmigo adentro, la cosa no hubiera tomado el rumbo que tomó; porque todavía medio dormidos, ya estaba la vieja Ofelia: – ¡Ay viejo, el Armajedón! ¡Se acaba el mundo! – Y el viejo con su vozarrón – ¡Qué Armagedón ni qué cañafístula, chica, el arma G-2, es lo que puede que sea, si no es el mundano ese que anda detrás de Rocío hace tiempo. – Y entonces fue cuando dijo: – No hagas bulla, que si es él… – Y siguió diciendo después – tocante a lo otro, acuérdate de lo que estaban hablando en la reunión aquella de los padres, el día que pasábamos frente a la escuela; que los Testigos de Jehová le hacíamos el juego a esa gente de allá afuera con eso de no dejar que los muchachos canten el Himno Nacional ni saluden la bandera, ni continúen estudiando más allá de cierto grado, que mucho ojo con esa secta tan dañina y tan diferente de las cristianas. ¿Te acuerdas que hasta se pusieron de pié dos o tres protestantes y empezaron a echarnos con el rayo y para ponerse en buena dijeron que incluso Cristo estaba a favor del comunismo? ¡Si Jehová se entera! – Oye Tú… – Lo atajó ella – que no fue eso lo que expresaron; uno de ellos dijo que Cristo estaba con el pueblo cubano y de paso con Fidel, que para eso es quien pone y quita reyes, y no te extrañes que Jehová también esté de acuerdo, que todo se lo consiente a su Hijo; acuérdate que los protestantes hasta se atreven a decir que Hijo y Padre son una misma persona – Sí – blasfemó Rubén – ¡La roña que a mí me da!
Y parece que hablar del asunto les preocupó tanto como si de verdad hubieran tenido, de un lado, el Armajedón convertido en bestia, acosándolos y del otro, a un cazador que no se las cortara muy bien con las bestias ni con ellos tampoco… porque se quedaron largo rato muy calladitos, como en suspenso.
Y yo, todo aquel tiempo, me quedé como ellos, pero metido debajo de la cama de Rocío, donde se empezaba a regar el meao que se había botado. El perro afuera gruñendo. Rocío, sentada en el borde de su cama, rozándome las manos con sus pies y evitando el meao.
Por su parte, a Rubén y a Ofelia el consejo que mejor les vino, fue el de meter sus cuerpos nuevamente entre el colchón y la sábana y continuar en el mayor de los silencios.
Así que, calculándole aún muchas horas de vida a la noche, Rocío y yo empezamos a caminar, lentamente y paso a paso; yendo ella delante por cada posible estorbo. Y al cabo de un tiempo interminable de vagar, sumergidos en la oscuridad de la casa, logramos llegar a la sala. Allí, respiré a chorros la sensación de la victoria. Ahí nos quedamos de vainas, como quien no sabe o no se atreve a hacer otra cosa después de haber hecho bastante; hasta que al fin, decidimos caminar aprisa deseando más que nunca encontrar una puerta salvadora.
Pero fue aquí precisamente donde, al parecer, a Rocío le falló la memoria, o le habían cambiando de lugar un estorbo; el caso es que cuando vinimos a darnos cuenta, ya le habíamos dado un par de cabezazos al cubo del agua que colgaba de un gancho. De modo que, repentinamente nos sentimos empapados de la cabeza a los pies, en tanto que el cubo rodaba por el suelo armando una bulla sin nombre, como si hubiera sido poco el grito de Rocío al sentirse el agua encima.
Afuera, los ladridos del perro. En el cuarto, la conversación sobresaltada:
– Ay viejo, el Armajedón! ¡Se acaba el mundo!
Dicen, que Ofelia y Rubén amanecieron recitando a cada paso un versículo y después de cada versículo diciendo: – Eso está escrito, eso está escrito, que “la maldad sobre la tierra se multiplicará”.
– ¿Usted sabe lo que es, – dicen, que decían – que velen los momentos en que uno está pensando en El Señor para venir a meterle en la cabeza  ideas diabólicas  a una inocente de 16 años? Y que, como hablan lindo, la otra no sólo se convence de esas ideas, sino que hasta se enamora de quien las expresa. Con tanta moral que les adjudican y éste ni siquiera fue capaz de casarse de bodas, como otros muchos mundanos de su organización; ¡claro! que eso nunca lo hubiera hecho en conformidad con nosotros, porque de ahí saldrá un hijo con sangre mundana y eso es como estar grave  y dejarse poner una transfusión. Seguro que primero le rompió la… la… la  virginidad y después la botó. ¡A saber en qué lares de Dios anda esa muchacha perdida! Y ni se diga de la suerte que habrá corrido el perro, que a estas horas debe estar su esqueleto enganchado en un zarcero por ahí…
En estas lamentaciones estuvieron dicen,  mencionando versículos, hasta el sol de hoy. Y en este día, esta tarde, en estos momentos en que estoy  yo haciendo el cuento y ellos dos están allí conversando, bajo la mata de ciruelas, llega alguien, digamos que un testigo, no de Jehová, sino mío, y les entrega un sobre color negro y grande que recibe ella en sus manos. Marido y mujer se interrogan mutuamente con los ojos – ¿Qué será? – Se dirían – ¿Lo abrimos o no lo abrimos? ¡Lo abrimos qué cará! – y se decide Ofelia a introducir en el sobre una mano, con el temorcillo, quizás, de toparse dentro con una rana. Saca la mano y atrapado en ella trae un paquete de fotos a colores. Ambos se vuelven a mirar y comienzan a observar, una a una las fotografías: Rocío, sentada firmando, mientras el que habla aparece de pie, mirándola complacido. Ofelia y Rubén se miran, encaramando por acá arriba  las cejas. Hacen un gesto desdeñoso y luego, sin cambiar de expresión, continúan mirando. El que narra, sentado firmando, mientras Rocío, de pie lo observa complacida. Otra, donde los novios se brindan, llevando cada uno su copa a los labios del otro. Pasan: aquí él, haciendo que va a picar un tremendo kake que, Rubén y Ofelia saborean mentalmente y por no poder tragar merengue, tragan saliva; luego, con rubor picaresco, se dan un rabazo de ojo, apartan esa foto y ya tienen una más. Ellos dos con la familia de él, un tío de ella, los padrinos y amigos de uno y otro, todos intencionalmente agachados detrás de un perro que aparece sentado sobre las patas traseras,  apoyando el resto de su   cuerpo de forma señorial y erguido en las patas delanteras, con la bocaza abierta, lanzando una carcajada a la cámara, al fotógrafo, a quién sabe…

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