Cuba: Revolución o reforma (fragmentos del libro)

Publicado: 25 enero, 2012 en Literatura
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Ubieta comenta sobre el libro al público presenteEl filósofo, investigador y periodista cubano Enrique Ubieta Gómez presentó hoy, en la Casa del Alba de La Habana, su más reciente libro Cuba: Revolución o Reforma.
El texto, al que el autor considera "declaradamente polémico" reúne varios ensayos publicados, a lo largo de tres años, en su blog La isla desconocida.

Ubieta comenta sobre el libro al público presente

Leer además Entrevista con Enrique Ubieta: "Este libro es, declaradamente polémico".

A continuación, fragmentos del libro de Ubieta ofrecidos en exclusiva a Cubasí:

A media cuadra de una concurrida arteria de Berlín, fue reconstruido el famoso Checkpoint Charlie, una de las puertas del otrora Muro que dividía en dos a la ciudad. En un edificio cercano, un anuncio comercial ocupaba, en enero de 2010, toda la fachada: Be stupid, era el slogan promocional. Pero el mensaje era más elaborado: “smart may have the brains, but stupid has the balls” (el listo, o el inteligente, puede que tenga cerebro, pero el estúpido tiene pelotas o huevos). Es una foto en la que aparece una muchacha que muestra sus senos desnudos a la cámara de vigilancia de un muro (puede ser el muro de una cárcel o simplemente el de una mansión privada, o quizás –y es lo que sugiere el mensaje, en su contexto berlinés–, el desaparecido Muro). El gesto es divertido e irreverente, pero no expresa

opción de vida alguna, mucho menos un proyecto de cambio colectivo. En letras pequeñas, a un costado, aparecía la marca que adoptaba el extraño mensaje: Diesel, fabricante –entre otros productos textiles–, de pantalones vaqueros. Los destinatarios son naturalmente jóvenes. Sé estúpido, claro, no se traduce literalmente. Significa que seas “loco”, irreverente, que encauces el exceso de adrenalina, la innata rebeldía juvenil en actos de desacato, de divertido descomprometimiento o de irresponsabilidad.
Que el mercado incite y conduzca la rebeldía juvenil es altamente revelador. Busqué en Internet otras imágenes de la misma campaña publicitaria; los mensajes son diversos, pero apuntan en la misma dirección: “El listo escucha a su cabeza, el estúpido (es decir, el irreverente, el loco) a su corazón”, “El listo planifica, el estúpido improvisa”, “El listo tiene planes, el estúpido historias (que contar)”, son algunos de ellos. En una ciudad como Berlín, que es un museo del anticomunismo a cielo abierto, cada exhortación a la trasgresión en los jóvenes tiene el mismo punto de partida y de llegada: el cuerpo humano. La muchacha de la foto no tiene otra cosa mejor que oponer al imaginario o real Poder de un muro que sus senos desnudos y unos buenos y aparentemente gastados pantalones Diesel. Es una rebeldía que el mercado auspicia con entusiasmo: el cuerpo se abastece en los grandes centros comerciales (donde es posible hallar todo el exotismo, toda la “rebeldía” que aporta la moda) y transforma el consumo en un complaciente espejo mágico. Imágenes que recuerdan al París de 1968, que lo evocan en sus maneras externas, pero que lo traicionan en sus contenidos reales. La campaña publicitaria de Diesel incluía un video interactivo alojado en Internet: unos muchachos bailan con desenfado en una habitación (se escucha la música). El internauta puede tomar el mouse y situar el cursor sobre las diferentes prendas que visten –ellos no cesan de bailar–, y en cada caso aparecerá su nombre, modelo y costo. Pero si sitúa el cursor en el rostro alegre y despreocupado de los danzantes, aparecerá una definición: “estúpido”. El mercado es el gran ideólogo del capitalismo. No explica nada, elude los razonamientos, detesta a los listos, cultiva la estupidez. Diesel manipula la rebeldía juvenil por caminos ciegos, pero se nutre de ciertas tendencias sico-sociales de fin de siglo.
La campaña de Diesel, sin embargo, me remite a un texto muy breve, programático, de José Manuel Prieto, un escritor cubano de la generación de los ochenta, que se radicó en los Estados Unidos:
Esto es lo que había querido mostrar Guillermo Cabrera Infante [escribe orgulloso de su descubrimiento]; los hombres a salvo en el reducto de su piel; anteponer lo personal, la motivación que puede ser tildada de frívola y egoísta, pero que cuenta con la gran ventaja de ser tuya y de nadie más. (…) Ocurrida mi feliz conversión a Homo frívolus, yo, que quería escribir novelas, abandoné sin vergüenza la meta de la ‘Novela de la Revolución’, de la NOVELA. ¿Qué se había alcanzado por esa vía? Nada o casi nada. (…) Porque la respuesta es mucho más sencilla: no hay tal, no existe la vida más allá de esta vida. (…) Tránsito hacia lo frívolo, o lo que es lo mismo, hacia lo humano: los grandiosos objetivos de la época rebajados a pequeñísimos goces actuales; un presente hinchado de significados, vasto, disfrutable en todos sus resquicios.
Para este novelista, los Estados Unidos difunden “la cultura del disfrute del presente, de lo lúdico”, mientras que los rusos (los soviéticos), “más pesados y fundamentalistas, exportaron un ascetismo de corte religioso, una severidad escatológica”.
Entre los blogueros contrarrevolucionarios –modalidad nueva en la forma, que repite los mismos contenidos y procederes de la tradicional oposición al socialismo–, hay algunos que cultivan la irreverencia del cuerpo. Es sociológicamente interesante el mundo virtual de Lía Villares por ejemplo: decenas de fotos reproducen su rostro y el de sus amigos, con énfasis narcisista. En muchas de esas fotos, aparece desnuda. El cuerpo desnudo puede acompañarse de símbolos graves, como la bandera cubana. Orlando Luis Pardo Lazo, un escritor-bloguero de boutades, se hizo retratar mientras se masturbaba sobre la enseña nacional. Episodios viejos que llegan tarde a Cuba. Pero que siguen la misma línea matriz: la frivolidad frente a la seriedad; la despreocupación opuesta a la razón; la individualidad extrema frente a cualquier expresión de colectividad, ya sea la Patria o el proyecto social. Un bloguero contrarrevolucionario alienta desde el exterior el acto “rebelde”, el “I’m stupid” del slogan publicitario:
Ya he hablado en otras ocasiones del trapo nacional y la mayoría de ustedes sabe lo que recomiendo: limpiarse el culo con él. Creo sinceramente que a no ser que se incluya una asignatura en las escuelas primarias donde se enseñe a mear, escupir y cagar en la bandera, estamos perdidos. (…) Hace poco un escritor cubano se hizo una paja y lanzó el precioso semen sobre la bandera islopavorosa. Es un progreso. A eso llamo yo un acto de sensatez, una llamada al sentido común. Al margen de la belleza intrínseca de la acción. Como el joven al que aludo vive en la pavorosa, hay que añadir que su masturbación antipatriótica y antibanderil fue también muy valiente. Desde aquí le envío mi solidaridad y mi simpatía.
Fue precisamente Pardo Lazo quien, en respuesta a mis comentarios sobre el mensaje “be stupid” de Diesel, insertó en su blog una de aquellas fotos promocionales, con una leyenda modificada que incluía mi apellido: “Smart critiques. Stupid creates. Don’t be Ubieta. Be stupid.”
La frivolidad perseverante, la evanescencia –no hay que confundirlas con el placer “efímero”, con el disfrute sensorial de lo bello “intrascendente”–, despojan al individuo de raíces, morales y afectivas. La fascinación por el gesto foráneo, por el glamour de “una vida otra” intuida en la pantalla del televisor o en los salones de cualquier hotel, determinan la actitud del joven frívolo:
Nunca olvidaré el momento en que mi razón supo en La Habana que yo no conocía la libertad. Fue cuando una argentina (se llamaba Doris y era de Misiones) encendió un cigarro Malboro. La manera de encenderlo y después de llevarlo al aire con las primeras volutas saliendo de sus dedos entrecruzados, describió en el vestíbulo del hotel Riviera la forma visual de mi vergüenza. Yo quiero poseer ese gesto, me dije con descubridor entusiasmo de esclavo. Me di cuenta, también, que no entendía la libertad, por desconocida, pero el Malboro ardiendo me mostró que podía verla y hasta suponerla.
Estas palabras fueron escritas para su blog personal, en marzo de 2011, por Armando Valdés-Zamora, un escritor cubano residente en París, y reproducidas en Penúltimos Días. Su concepto de libertad se asocia a un gesto fetiche, probablemente cinematográfico, y al consumo de una marca ampliamente conocida e inexistente o poco asequible en el país. Uno de los comentaristas del post narra su propia experiencia:
Debo confesar, un poco avergonzado, aún bajo la máscara del anónimo, que yo también sufrí en La Habana el estremecimiento del gesto ajeno. Ingresado en el Hospital Naval tuve por compañero de habitación a un inglés, Brian, cuyos gestos sofisticados hasta la naturalidad me sedujeron tanto que decidí absorberlos e imponérmelos. Brian era lo que yo quería ser, sin saberlo, el poseedor de gestos de un hombre libre. Ya un poco obsesionado no me perdía una película inglesa tratando de engrosar el repertorio de gestos, al final la integración fue tal que en Londres, décadas después, en una sastrería de Jermyn Street antes de hablar, el empleado me había tomado por inglés y no ocultó su desconcierto por la equivocación ‘es que ha estado usted revisando las telas de una manera como sólo suelen hacerlo los caballeros aquí’ me insistió dos veces. Lejos de alegrarme, llegue a mi hotel tan deprimido que me tiré en la cama a sollozar, me sentía más esclavo que nunca de mi tristes orígenes totalitarios, sólo que ahora era poseedor de una mecánica gestual que los enmascaraba. Una auténtica crisis de legitimidad.

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