imagePor Carlos Manuel, en Crónicas Obscenas

Osmany Juantorena, estelar voleibolista cubano

Osmany Juantorena declaró, al menos en una ocasión, que pretendía jugar los próximos Juegos Olímpicos por su país, es decir, que pretendía representar a Cuba. Pero la selección masculina de voleibol aún no ha clasificado para Londres, muy probablemente no lo haga, y Juantorena es, en la actualidad, uno de los mejores atacadores del mundo. El destacado auxiliar cubano, que lo ganó todo en Europa, premios individuales y colectivos al por mayor, fue recientemente, debido a su probadísimo talento, objeto de enconada disputa entre dos de los principales clubes del mundo, el Trentino italiano y el Zenit Kazán ruso.

¿Cómo reaccionaron –seguramente se preguntarán- las autoridades deportivas cubanas, o las autoridades políticas, ante las declaraciones de Juantorena? Lo de siempre: hicieron de oídos sordos, se introdujeron el rabo entre las piernas y siguieron de largo con su inexplicable terquedad y sus consabidos discursos, tristemente tragados por las circunstancias. Pasa que Osmany Juantorena abandonó el país, decidió probar su calidad en otras latitudes, y la toma de tal decisión ha significado para los deportistas cubanos -no para los artistas- la pérdida absoluta de sus derechos nacionales, así como la frustración perenne de los aficionados, que observan y padecen, entre otros padecimientos, la crisis severa del movimiento deportivo en la Isla y la total indiferencia ante los hechos de organismos como el INDER, el MINREX o la ANAP.

O sea, Juantorena, Maikel Galindo y Alexei Ramírez hicieron exactamente lo que hizo Carlos Acosta o José Manuel Carreño, pero los primeros, quién sabe por qué maquiavélico decreto, son herejes, mientras que nuestros aclamados bailarines obtendrán en pocos años algún premio nacional de cultura o la medalla cuarenta o cincuenta aniversario de alguna efeméride cualquiera.

Si evaluamos con el rasero oficial, no existe mayor muestra de patriotismo que pararse en medio de Europa, con contratos millonarios alrededor, con todas las facilidades para centrarse solamente en tan jugoso contexto, y declarar a los cuatro vientos que usted quiere jugar las Olimpiadas por su país y que si no es por su país no las juega.

En circunstancias normales, de diálogo y consenso, el voleibol masculino habría sido en Londres  medallista seguro. Pero constantes y lógicas deserciones hicieron mengua y de aquel sexteto subcampeón del mundo no queda, literalmente hablando, ni la sombra. Los cubanos amantes al deporte nos hemos acostumbrado a tales bandazos y sobre cualquier éxito, siempre, ronda el fantasma del desvanecimiento. Equipos de fútbol, de voleibol, peloteros ilustres, judocas, luchadores, boxeadores, hasta santiagueros heroicos y hospitalarios han desviado el rumbo luego de que, ciertamente, en este país se les formara como atletas de alto rendimiento sin cobrarles un solo centavo.

Pero esa meritoria razón, si fuéramos astutos, o al menos sensatos, más que para restregarla como consigna o, según reza el argot popular, para sacarla como trapo sucio, debería ser el argumento primero mediante el cual las autoridades cubanas le hicieran la vida un pocos más llevadera a sus deportistas, a los aficionados y, a fin de cuentas, al país. ¿Cuáles son, al sol de hoy, nuestros deportes más sólidos? El ajedrez y el atletismo. ¿Por qué? Porque se mueven al máximo nivel, recorren el mundo y tienen, sus hombres, muchas menos deudas espirituales y económicas que el resto de sus compañeros, si así pudiéramos llamarle.

Yo no creo en el amateurismo, al menos en su sentido original. No creo en el deportista amateur, porque al máximo nivel eso sería, más que la práctica libre del ejercicio físico, la devaluación y subestimación del deporte como arte o como actividad social. Lo amateur se basa en el entusiasmo, no en el rigor. A Alicia Alonso no se le ocurriría montar Giselle para que lo bailara una brigada de costureras, por muy embulladas que estas estuvieran. Ningún chofer, ningún albañil o secretario ha tocado nunca un instrumento en los Van Van. Porque entonces ni el ballet cubano, ni Juan Formell, fueran exactamente lo que son.

Yo creo en el profesionalismo. No en el mercado, nunca. Creo, en cambio, que al mercado hay que darle lo que le toca (no más) porque su influencia en el mundo contemporáneo es irremplazable y porque si algo acabara con el socialismo en Cuba no sería precisamente el deporte. Creo en los deportistas que se dediquen solo a lo que son buenos, que como tal se les forme y que –aquí se nos traba el paraguas- se les pague por ello.

El atrincheramiento, los conceptos redactados en papiro, han llevado a que gastemos miles y miles de dólares en excelentes atletas para luego regalarlos impunemente, sin que se nos haya retribuido un solo medio y sin que la situación acabe de estabilizarse. Si de algo estamos claros los cubanos que no decidimos nada, es que bajo esa óptica poco de lo anterior podrá ser revertido.

Ahora, para colmo de males, la Liga Mundial se jugará en República Dominicana porque la Ciudad Deportiva, dos años después, aún no cuenta con la aclimatación necesaria. Ya sabemos que por primera vez en mucho tiempo el país posee una reserva de dólares, que las finanzas se llevan a punta de lápiz, que Raúl Castro ha reducido gastos y que la salud pública y la educación serán siempre servicios más importantes que un partido de voleibol. Sin embargo, ¿cuánto pueden costar esos aires? ¿Cuántos miles? Bien torpe deben ser los directivos del INDER cuando no lograron convencer al Ministro de Economía para que tal bochorno se solucionara, cuando no le explicaron lo suficientemente bien el golpe tremendo que significa para nuestra credibilidad.

Nosotros, que siempre hemos prestado tanto valor a lo subjetivo, al peso simbólico de las cosas, a la fuerza de las ideas, deberíamos tener en cuenta el costo político de un incidente así. Que la selección masculina, tristemente diezmada y todo lo que queramos, tenga como sede un palacio de voleibol en Santo Domingo y no en La Habana. Por cosas de ese tipo, sospecho, es que los voleibolistas se marchan.

No obstante, si a Osmany Juantorena se le hubiera aplicado un contrato, así como a Ángel Denis, a Leonel  Marshall y a Roberlandy Simón, si el antediluviano INDER se hubiera atrevido a fungir como el represente legal de los profesionales atletas antillanos, los deportes colectivos estuvieran clasificados para Londres, los cubanos estarían representados por sus mejores exponentes, habría dinero para reparar los aires acondicionados y los ventiladores INPUD y todos estaríamos, quizás, un poco más felices y mucho menos preocupados.

Pero para eso -la redonda en movimiento- nadie sabe todavía cuánto falta.

comentarios
  1. Omar dice:

    Muy bueno, coincido con casi todo y yo justificaría la inserción de los voleibolistas en los clubes en el necesario fogueo y a que los campeonatos nacionales de voly no tiene público. También en la necesidad de dinero para las arcas del INDER.
    Ahora, el problema está en que los que se fueron antes y no les importó no seguir jugando para su pueblo, dudo que merezcan integrar la selección nacional. Debemos empezar de cero y dejar que se contraten los y las voleibolistas de ahora.
    Todo por encumbrarnos como es debido en el voly.

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