“Son cubanos”

Por Arturo Arango en OnCuba

Mientras decenas de miles de personas atraviesan el Mediterráneo rumbo a Europa (a cualquier rincón de Europa), huyendo de las atrocidades de una guerra que ha hecho inhabitable Siria, en la América Latina otra caravana de inmigrantes ha ido creciendo durante los últimos meses, y hoy ocupa los titulares de varios medios de información del área. “Son cubanos”, se puede leer en uno de los comentarios al pie de un reportaje en el diario La Prensa, de Nicaragua. La mayoría de ellos viaja desde Cuba a Ecuador, único país del continente al que los nacidos en este archipiélago podemos ingresar sin visa, y luego emprenden un largo y azaroso recorrido, a veces por tierra, a veces por mar, en el que pasan por territorios de Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México para, finalmente, tratar de ingresar a los Estados Unidos.

Las primeras informaciones que conocí de esta nueva crisis procedían de México. A inicios de este mes de noviembre, habían sido concedidos unos 6 500 salvoconductos a cubanos que ingresan a ese país por la estación migratoria de Tapachula, en la frontera con Guatemala. Tales documentos permiten permanecer en México por veinte días, al término de los cuales el emigrante debe abandonar el país o regularizar su situación. Veinte días para ir de la frontera sur a la norte.

Las noticias más recientes dan cuenta de un conflicto mucho mayor. Al parecer, la desarticulación de una red de traficantes de personas (coyotes, los llaman) en Costa Rica ha dejado a la deriva a unos dos mil cubanos. Los testimonios recogidos por diversos medios de prensa aseguran que son hasta quince mil dólares lo que cobran los coyotes por llevar sana y salva a una persona desde Ecuador hasta los Estados Unidos. Algunos emigrantes declaran, sin embargo, que en cada uno de los países por los que atraviesan se presentan ante las autoridades migratorias. Los modos como se cumple el recorrido son, a todas luces, diversas, pero siempre bajo el peligro de los caminos inciertos, de los narcotraficantes que dominan algunas de esas zonas, de las condiciones ambientales y atmosféricas, de los policías que extorsionan y de los coyotes que se sienten dueños del destino de todo el que se arriesgue en una aventura semejante.

Muchos medios informativos, incluyendo Oncuba –aunque no en los medios oficiales cubanos– han dado prolija cuenta de lo sucedido en estos días en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua. Haré un resumen muy apretado: esos dos mil cubanos, entre los que se incluyen niños, mujeres y ancianos, quedaron varados en Costa Rica. En el puesto fronterizo de Paso Canoas, en el límite con Panamá, ellos bloquearon la carretera. El gobierno tico decidió ayudar a los cubanos y trasladar el problema a su vecino del norte y concedieron visas humanitarias para que atravesaran el país.

Desde Paso Canoas hasta Peñas Blancas, en el norte, median seiscientos kilómetros que fueron recorridos por esas dos mil personas. El nuevo puesto fronterizo estaba cerrado. Los cubanos volvieron a bloquear las vías de acceso al lugar. Algunos (alrededor de setecientos, dicen las noticias) lograron entrar a Nicaragua. Pero las autoridades de ese país habían movilizado al ejército, que no solo obligó a los emigrantes a regresar a Costa Rica, sino que lo hizo mediante balas de goma y gases lacrimógenos.

Hoy 17 de noviembre, el diario mexicano La Jornada informa que “Unos 2 mil cubanos permanecían atrapados este lunes en un limbo migratorio en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua”. En parques, estacionamientos, gimnasios, calles, han improvisado campamentos en espera de que ocurra un milagro y puedan continuar su peregrinaje hasta los Estados Unidos.

Las razones por la que una persona, cualquier persona, decide abandonar el lugar en que vive para recomenzar una nueva etapa de su existencia en un sitio desconocido, en un contexto cultural distinto, son siempre complejas. A veces se trata de una decisión que no tiene alternativas. Que existan alternativas no simplifica la cuestión, sino todo lo contrario. El dilema de arriesgar la vida propia y la de algunos de los seres más cercanos y queridos para encontrar prosperidad económica siempre será complejo, porque pasa por el agotamiento de la cotidianidad, por la falta de expectativas y por la imagen de futuro, de prosperidad y de libertad a que se aspire. La prosperidad y la libertad son también construcciones culturales: no hay una única idea de ambas, y la mayoría de esos cubanos que marchan a la desesperada aspiran a un futuro dentro del bienestar capitalista.

En este caso, además, hay circunstancias concretas, de orden legal, que añaden la presión del tiempo que se agota: ante todo, el temor de que sea derogada, en los Estados Unidos, la Ley de Ajuste Cubano. Esa acción convertiría a los cubanos en emigrantes tercermundistas, carentes de los privilegios que hasta ahora nos han distanciado de los demás emigrantes de la región. También, que los acuerdos migratorios firmados este mismo mes entre los gobiernos de Cuba y México contengan medidas que imposibiliten el paso por este país, e incluso favorezcan la devolución de aquellos que ingresen en aquel país de forma irregular.

Las noticias hablan de declaraciones de los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua, pero, ¿cuál es la responsabilidad de gobierno cubano no solo en este conflicto en particular, sino en todo el fenómeno de la migración? ¿Cómo proteger a estos ciudadanos cuando las antiguas restricciones migratorias fueron eliminadas y es mucho más fácil salir del país y lanzarse a lo ignoto? La decisión del gobierno nicaragüense de repeler como a invasores a estos cientos de personas nacidas en Cuba, ¿era conocida de antemano por la parte cubana?

La prensa no da respuestas a estas preguntas. Y que todos estemos informados es un derecho ciudadano.

La solución a este problema puntual debe ser responsabilidad de todos los gobiernos involucrados en esta cadena: Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México, los Estados Unidos y, sobre todo, Cuba.

En este momento esas dos mil personas están en territorio de nadie. Son cubanos pero, ante todo, son seres humanos. Ningún ser humano que actúe de manera pacífica, en ninguna parte del mundo, debe ser recibido con balas de goma y gases lacrimógenos. Ningún ser humano debe quedar abandonado a su destino, en ese presente infinito en el que ya las opciones del pasado desaparecieron y las del futuro parecen inalcanzables.

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