El 17D y el perro de Pavlov

El 17D y el perro de PavlovPor Gisselle Morales

Una cosa es La Habana convertida en pasarela para que Annie Leibovitz retrate a Rihanna desnuda en un cuarto de mala muerte y, de paso, le diga al mundo: “Sí, sí, Cuba entera es esa pared desconchada y esos carros de los años 50 que todavía caminan”; una cosa es aparecer de sopetón en las revistas de viajes y en los itinerarios de los turoperadores como un destino que pareciera salir de la nada, y otra —bien diferente— es creer que semejante destape pudiera indicar que en estos últimos meses ha cambiado algo. Y donde digo “algo” léase la vida real de los cubanos.

Ni Katy Perry deslumbrada con el talento de los niños de La Colmenita, supongo que sorprendida de que en este país haya niños que canten y bailen; ni Mick Jagger dando cintura en la Fábrica de Arte Cubano; mucho menos el Secretario de Agricultura de los Estados Unidos manoseando piñas y plátanos y aguacates y papayas en el mercado agropecuario del Vedado han conseguido nada más que dispararnos las expectativas en plan perro de Pavlov.

Pero la vida real de los cubanos no es un experimento conductista, por más que a veces lo parezca. Llega un punto en que el perro se cansa de salivar. Llega un punto en que uno necesita más que el golpe de efecto de medio mundo paseándose por La Habana.

Y no lo digo yo, que suelo confiar en que el Producto Interno Bruto algún día se traducirá en mejoras para el ciudadano; lo dice con total desenfado mi vecina de los bajos, que me da lecciones de economía política cuando llego a las cinco de la tarde con tres malangas en una jaba.

“A que al americano ese no lo traen a la Plaza del Mercado”, me reta y la entiendo, porque a esas horas tampoco yo me acuerdo de la Zona Especial de Desarrollo del Mariel, ni de los convenios rubricados por Cuba con tantos otros países —tantos que se atropellan— en áreas “de interés bilateral”, ni del repentino boom del turismo. Mucho menos me acuerdo de para cuándo han prometido que podría atisbarse alguna mejoría en el bolsillo, si es que la fecha así, en blanco y negro, existe.

A un año del 17D —que conste: no por llamarlo de forma tan contemporánea es “homologable” al 20D o al 15M— la Cuba que conozco no ha cambiado tanto. Más se transfiguró en 2011 con la ampliación del trabajo por cuenta propia, mucho antes de que entraran en escena los norteamericanos; y más pudiera transformarse si quitaran de una buena vez el bloqueo, ese instrumento sadomasoquista que ellos llaman embargo. El término es lo de menos, en última instancia.

Lo de menos es, también, el desfile de famosos por La Habana, una avalancha que viene a confirmar lo que todos hemos sospechado alguna vez, sobre todo nosotros, los del campo: La Habana es Cuba; el resto es paisaje. Una avalancha que viene, se tira una selfie en el malecón y después se va, dejándonos casi tan en ascuas como al perro de Pavlov.

A mi vecina de los bajos, no; mi vecina de los bajos ya me había advertido hace un año, cuando yo regresaba eufórica del trabajo y ella me recibió con una frase lapidaria: “No te embulles demasiado, niña, los gobiernos tratan de entenderse, pero la carne de puerco sigue al mismo precio en el agro”.

Hoy la libra de carne de puerco cuesta cinco pesos más en el mercado.

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