Archivos de la categoría ‘La esquina del invitado’

Por Leonardo Padura Fuentes

Un hombre, en la azotea de su casa, fuma con la vista perdida en un punto impreciso, lejano, quizás dentro de sí mismo a juzgar por la concentración con que observa. Apenas presta atención al cigarro que consume, absorto en su contemplación o, tal vez, meditaciones. Da una última calada al cigarro y, con gesto preciso, casi elegante, dispara al aire la colilla, propulsándola con sus dedos. La colilla, convertida por este vuelo final en un “cabo de cigarro” va a aterrizar en la terraza de los vecinos, junto a otras dos que ya había lanzado el pensativo fumador de la azotea.

A juzgar por el modo en que el hombre ha lanzado hacia su último destino la colilla del cigarro, se diría que lo ha hecho sin conciencia de su acto. Y tal conclusión sería acertada. El hombre, al subir a la azotea, no pensó por un instante en llevar consigo un cenicero, aunque no habría olvidado nunca sus cigarros y la fosforera. Como mismo lanzó el “cabo” hacia la terraza de los vecinos pudo haberla tirado en su propia azotea, pero como le gusta tanto el gesto de alejar de sí el resto final del cigarro, ha puesto en práctica su bien aceitada habilidad de colocarlo sobre el dedo pulgar y dispararlo con el índice. El hombre, en última instancia, ha actuado mecánica, irreflexiva, espontáneamente al enviar las colillas hacia la terraza de los vecinos: en dos palabras, lo ha hecho sin pensar demasiado y como si no le importara su acto ni sus consecuencias.

Pero el fumador de la azotea no ha estado en realidad tan absorto. Cuando más concentrado parecía estar en sus cavilaciones, de vez en cuando sus pies se han movido rítmicamente y sus labios han reproducido el sonido que, dos casas más allá de la suya, proyecta a todo volumen un reproductor de audio que regala a sus propietarios la melodía (es un decir) de un fañoso reguetón. Esos vecinos, cada día, a cualquier hora encienden el reproductor y disfrutan ostensiblemente de la música (es otro decir) del reguetón de moda.  Seguir leyendo

(((Cuento)))

La esperamos
para pellizcarle con nuestras
bocas su cuerpo, porque se fue
un día dejándonos su única flor;
y dicen que hoy viene,
entre muchas y con muchas flores.
“LOS GUAYACONES”

  ALEJANDRINA, la poza y yo.

Por Emelicio Jacinto Vázquez Tamayo

 Yo estaba parado aquí mismo en esta piedra grande y vi como Alejandrina se me perdió entre aquella loma y la otra que es por donde se mete el río y por donde coge el camino que ella debió seguir. Pero ya debía ir lejos, porque bien sabía yo que ese caballo era veloz y  porque el miedo que ella llevaba en el pecho se le bajaba aprisa por todo el cuerpo hasta llegarle a las espuelas y que de ahí se le cruzaba para la panza del animal y enseguida se convertía en sangre y carrera.

 Ahora me alegro de estar sentado aquí en esta piedra que tiene la mitad dentro del agua, desde donde estoy mirando esos guayacones que se meten por entre el lino verde que parece irse siempre con el agua y está siempre en el mismo lugar. Y me alegro, porque quiero que se ahogue ese otro que está ahí debajo; porque ahora me da por pensar que entre mucha gente habría que repartir la culpa si algo malo le hubiera pasado a Alejandrina. Yo sé que parte de la culpa la tiene ese que está mojado y que tiene sus ojos puestos en los míos. Aunque de todas formas no hubiera tenido  mucho de qué arrepentirme, porque aquí los padres fueron muy malos, se las arreglaban  nada más con doblarles el forro del machete o con hacerles marcas de soga en todo el cuerpo a sus hijos, como le hacía el padre de Alejandrina, que la ponía  a bailar la suiza.

 Y después, la contra, era ir por aquel farallón que está más arriba del cafetal grande a buscar un haz de leña; porque allí hay mucho Carbonero y el Carbonero arde muy bien. Y si no, pasarse el día con  un cubo en la cabeza de la casa al río y del río a la casa, subiendo y bajando, subiendo y bajando.

Pero un día, un día su padre pagó bien cara la gracia, porque él, con la hebilla del cinto, sin querer o queriendo, le hizo una herida en la cara, que, por cierto, ahora se le ve muy bien la cicatriz, porque le atraviesa la ceja izquierda y le forma un arquito como si fuera una luna en cuarto menguante. Ella, entonces, le robó la hebilla y me la trajo. Me dijo que la cuidara, porque eso costaba caro y porque era muy vieja, más vieja que el padre de su padre. La hebilla es dorada y tiene un caballito blanco y brillante en el centro, parado en dos patas y haciendo así como un relincho.

Después sí que la cosa se puso mala, porque su padre la anduvo buscando para entrarle a machete y me buscó a mi también  para hacerme lo mismo, pero con más rabia todavía.

Lea el final en La esquina del invitado

Finalmente La Chiringa de Cuba abre sus puertas a “La esquina del invitado”, un espacio añorado por el editor de este blog desde hacía mucho tiempo y que gracias a talentosos amigos hoy por primera vez se echará en pleno vuelo.

En lo personal, no espero más de este nuevo espacio que lograr en alguna medida una nueva forma de comunicar, de ser portavoz, de descifrar los impensables talentos ocultos de muchísimos cubanos que hasta hoy carecen de oportunidades en los medios o de espacios para dar a conocer sus legítimas obras. Pretendo sea esta, sin temor a equivocarme, la oportunidad de publicación on line de todos aquellos que alguna vez han sido víctimas de la burocracia editorial, de la falta de influencias con determinado poder, de la carencia de recursos financieros para promover sus obras o sencillamente de la falta de esos recursos para sobornar a quien a coste de descubrir nuevos talentos, mancillan el arte y la cultura pertrechados tras la vana extorsión. Sean bienvenidas entonces a esta esquina, la expresión narrativa, la poesía, la pintura, la escultura, la música, el audiovisual, en fin, todas las manifestaciones artísticas que han quedado empolvadas en gavetas o en lugares inhóspitos donde lejos del olvido, aún pueden ser recuperados el virtuosismo y talento del cubano de a pie.

 Carlos Alberto Pérez Benítez

“La Chiringa de Cuba”

 Nota al lector: El que cuente con algún material o conozca a alguien que lo posea y desee que este sea publicado, puede escribir o enviar sus trabajos a chiringadecuba@gmail.com.¡Muchas Gracias!

 ((((Cuento))))

 Pino del agua o El nombre.

 -Esta es una historia inspirada en una experiencia real-

Por Rosa R. Cubela

Pino del agua, sí, sí eso mismo ¿qué dónde está? ¡qué sé yo!, lo único que te sé decir es que  bien lejos, y que no puedo desvincular las putas de ese lugar. Nunca nadie podrá imaginarse lo que eso significaba, de solo mencionar PI… ya le entraban a uno escalofríos y hasta cagalera te daba. Si por casualidad una de aquellas putas reivindicadas te llevaba ante un superior o superiora, mejor dicho, porque sola mirabas a una niña, y digo niña pero ya eran mujeres bien formaditas, te mandaban para la corte y de ahí a PI… Uno que estaba entrando en plena pubertad, pues tu sabes el alboroto, pero de eso nada, la beca era peor que una unidad militar. Por lo menos en las unidades militares no habían hembras, pero allí las veía pasar con sus kepis, sus pelos largos, sus medias hasta las rodillas, con sayas hasta las medias, bien planchadas y limpias, porque si una de las putas menos putas, que eran las maestras, por  supuesto reivindicadas, notaba una arruga, pues a la corte y de la corte a PI…no iba nada.

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